Una emoción altamente tóxica
El hombre puede soportar las desgracias accidentales
y llegan de fuera. Pero sufrir sus propias culpas,
ésa es la pesadilla de la vida.
Oscar Wilde
“La culpa es una de las más poderosas y dañinas emociones humanas “[1]Educados en ella, le permitimos entrar en nuestras vidas por cualquier mínimo resquicio: nos sentimos culpables porque no somos buenos padres, buenos hijos, buenos amantes, buenos amigos…. Nos torturamos por no haber cumplido con cada una de nuestras metas proyectadas, por engordar, por no estar en todos los sitios que pensamos “debemos” estar… Culpable de hacer unas cosas y de no hacer otras, de tener ciertos pensamientos, de sentir emociones y deseos, quizá, inconfesables, de no ser lo bastante esto o de ser demasiado aquello…
Razones para sentir culpa, estaremos de acuerdo, no nos falta. La culpabilidad patológica, puede alimentarse de cualquier cosa, de tener atractivo, de triunfar, de ser feliz, de haber dado a luz un niño enfermo o de ser estéril, e incluso de haber sido víctima de una violación. La culpa es una emoción tan invasora y abrumadora, que rara vez somos conscientes de ellas. Cuando sentimos que los demás no han valorado nuestros trabajo, esfuerzo o sacrificio, o en las que nosotros consideramos que no hemos alcanzado el nivel de nuestras exigencias o no hemos actuado de manera perfecta - ¡ojo a los perfeccionistas! - , representa una fuente que emana culpa a borbotones.
Muchas personas sufren a consecuencia de sus sentimientos de culpa, se sienten tristes y avergonzados por sus equivocaciones y desaciertos. Viven día y noche inculpándose sin poder consolarse por no haber acertado con la educación de los hijos, por haber tomado aquella actitud o haber pronunciado aquellas determinadas palabras, por no haber atendido suficientemente a tal persona, por haber hecho el ridículo delante de alguien que consideraban importante… Otras, razones, se encuentran tras circunstancias que nos llenan de pesar porque juzgamos que no hemos hecho lo que otros esperaban de nosotros: “No estuve allí cuando me necesitaban” “le di un gran disgusto” “esperaba otra cosa de mi” “creo que le he decepcionado”, y tatos otros ejemplos. Detrás de todas estas angustias se esconde el temor a dejar de ser queridos: “la consciencia de culpa es más que todo una angustia frente a la pérdida del amor”, escribía Freud en los albores del siglo pasado.
Gran parte de la carga que arrastramos se encuentran directamente relacionadas con las exigencias autoimpuestas, en tantas ocasiones ¡imposibles de cumplir! Muchas veces somos extremadamente exigentes o rígidos con nosotros mismos. Puede hacernos demasiado severos con nosotros mismos, un grave obstoculo en el camino a la felicidad.
[1] Vernon Colema, La culpa.

